Intenciones

Ado Mukha Vrksasana, comúnmente conocida como la parada de manos o la vertical, es una postura que no he practicado demasiado desde que comencé a hacer yoga. En los estilos de yoga en los que me inicié no se practicaba. Por mucho tiempo tuve que ser cuidadosa al practicarla, además, por problemas que tenía en las muñecas. Así se me sumaron razones para evitarla.

Después de meses de no practicarla, la semana pasada intenté hacer la parada de manos mientras asistía como alumna a una clase. No pensaba hacerla pero, cuando la profesora me preguntó si lo quería hacer, dije que sí, sorprendiéndome a mi misma. Estaba cansada, los músculos me temblaban; hacía semanas que no hacía una práctica fuerte como para poder entrar cómoda a una postura como ésta. Pero tenía esa energía (a veces innegable) de batir un límite. Sentía que el cuerpo quería y podía. Estaba embalada.

Intenté subir sola, con el impulso de las piernas. No pude. Intenté otra vez y me caí. Intenté una tercera vez y me desplomé. Ahí la profesora ofreció su asistencia para sostener una pierna. Volví a bajar a balasana (niño), me recompuse y volví a intentarlo, con su ayuda. Pude subir.

Sentir ese cambio energético tan arrasador que te otorga esta postura de inversión hizo que valga la pena el esfuerzo. Agradecí mi propia tenacidad y la ayuda de la profesora. Me di cuenta más tarde que al componer esta postura se había corrido algo en mi interior.

Esa semana yo había fijado como temática en mis clases de yoga el concepto de sankalpa. El sankalpa se puede describir como voluntad, propósito y determinación. Uno fija un sankalpa al comienzo de una clase de yoga para concentrar las energías, ubicarlas en algún aspecto de nuestras vidas que queremos mejorar. Puede ser una palabra—tranquilidad, persistencia, continuidad— o una frase como “ser más optimista”, “resuelvo cuidar mi cuerpo y aceptarlo” o “tener más confianza”, por ejemplo. Un sankalpa también puede ser una imagen: uno puede imaginarse radiante y feliz y trabajar con esa visualización durante el curso de una clase o día.

Fijar un sankalpa es como construir una vía. El tren sería nuestra mente, las vías, nuestra energía.

Días antes había ocurrido algo en mi vida personal que me había causado bastante confusión. Una persona había actuado de forma, a mi modo de ver, incorrecta. Tanto la persona en cuestión como yo estábamos en desacuerdo. Yo no lograba entender cómo esa persona pudo haber actuado de la forma en la que actuó.

Tanto hablar de las intenciones en mis clases me hizo pensar mucho también en las intenciones de cada persona. Específicamente, en como se producen chispas cuando las intenciones de las personas no concuerdan. A veces una persona tiene una intención, una visión, algo que quiere lograr que se contradice totalmente con lo que “ve” y quiere la otra persona. Hay una simple verdad: muchas veces tenemos intenciones dispares. Cada uno actúa de acuerdo a su intención. Dar vuelta la situación de esta manera, me ayudó a aceptarla.

Mirando para atrás, me di cuenta que lo que uno logra a través de la postura de parada de manos es justamente eso: dar vuelta la visión. Ver las cosas desde una perspectiva totalmente distinta. No es casual que el cuerpo a veces pida ciertas posturas. Yo necesitaba correr la visión para poder entender mejor lo que había ocurrido.

A lo largo de la semana, se asentó en mí una sensación de que tenía algo pendiente con la parada de manos. Sentía una necesidad de poder subir a la postura sin asistencia, dependiendo solamente de mi voluntad interior. Quería más.

Una noche soñé que intentaba hacer la parada de manos sobre una cama y me caía. Me desperté pensando, “Es muy blanda la superficie.” Sentí la necesidad de subir a la parada de manos más y más fuerte a lo largo del día. Hasta que, en un momento de pura determinación, salí al jardín y me acerqué a una pared, resuelta a subir.

Apoyé las manos en el piso de cemento (la superficie más dura que pude encontrar), los pies en el césped, armé bien la estructura de brazos y hombros, di un impulso fuerte con las piernas y subí…pero me caí en seguida. Intenté de vuelta. Lo mismo. Lo intenté como siete veces más. La vista se me corría hacia atrás, las piernas tambaleaban en el aire, no lograba establecerme. Seguí probando hasta que las piernas se me cansaron.

Bajé a niño y me tomé un respiro.

“Tengo que hacerlo,” pensé. Volví a subir la cola, fijé la vista entre las manos en un puntito en el cemento. Pateé de vuelta las piernas, llegué hasta arriba y en seguida me caí. Mi mente tambaleaba: “Quizás no pueda lograrlo. Mis piernas están cansadas. Quizás lo intenté mañana.”  Y de pronto apareció un pensamiento distinto: “Ahora me tengo que quedar arriba.” Me aferré a ese pensamiento.

Pateé una vez más con la pierna derecha. Mientras mis piernas estaban entre la tierra y aire recordé mi nuevo mantra y de pronto, estaba en posición. Las piernas estiradas contra la pared, la vista fija entre las manos, el corazón abierto. Estaba sosteniendo la parada, sentía el piso fuerte debajo de mis manos, los brazos firme, la espalda fuerte, las plantas de los pies bien abiertas como las hojas de un árbol. La sonrisa me desbordaba.

Al bajar sentí como si hubiese logrado lo inalcanzable: había vencido mi propio sueño y mis cavilaciones. Esa inesperada y pequeña intención de “ahora tengo que quedarme arriba” fue lo que motivó la postura misma.

A medida que avanzo en éste camino del yoga, no me dejo de sorprender por los descubrimientos que yacen en su práctica. A veces una simple intención sirve para lograr una postura que produce cambios. O vice versa: lograr una simple postura sirve para encontrar intenciones que producen cambios.

“Ahora tengo que quedarme arriba,” me dijo mi mente. Y fue suficiente como para poder subir y hacerlo.

En éstos pequeños logros se encuentran profundos tesoros.

Dar vuelta la visión.

Nota: Elegí la foto que ilustra este escrito porque la yogini está en ese momento efímero, perfecto de transición entre el piso y el aire donde se producen milagros.

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